Más que expectativa la sensación era de preocupación, yo que a lo lejos presencié esa historia no paraba de reír el día de aquel encuentro. NAM que del todo cuerda no es, no planeó nada más que una reservación en un hotel, según el presupuesto asignado, una arriesgada invitación a cenar en casa de sus padres y la sentencia a toda amistad existente de auxiliarla en caso de emergencia, como consideraba la descabellada visita que aceptó recibir.
Sin la seguridad siquiera de la veracidad de su llegada, partió con la más grande de las aliadas hacia su encuentro. Es importante no obviar que, justo el día antes, mientras solicitaba el favor a quien la acompañaba en la aventura, mostró las fotos de aquel con quien compartiría su vida los próximos doce días, sin lograr encontrar una imagen decente, de al menos su rostro, que sirviera para identificarlo cuando cruzara la puerta de salida del aeropuerto, que un día de Navidad podría definirse como “caótico”.
A la hora exacta menos diez minutos se encontraba estacionado el vehículo donde sucedería el esperado acontecimiento, un recorrido por varias mesas, esquinas, espacios, columnas fueron el preámbulo de la decisión de terminar la espera, justo poco más de 120 minutos después de la hora de aterrizaje del vuelo, en el que aquel de aquellos ojos pisaría tierra dominicana. En ese instante, como si lo sospechara, cuando NAM y su aliada Lauren marcaban el último paso del recorrido de salida de migración, apareció el tan esperado, simple, sin complicaciones, sin nada que pudiera impresionar a aquella chica que días después conquistaría.
Un paso por el hotel, agua, y el cambio de una camiseta de promoción de una organización humanitaria a una camisa blanca de lino con las mangas recogidas a tres cuartos, permitieron que NAM notara el azul verdoso “orilla de mar caribe” de sus ojos, que la miraban de una forma, como queriendo admirar la valentía y la generosidad de invitar a un extraño que conocía desde hacía dos años y había visto desde hacía 30 minutos.
La cena en casa de sus padres no vale la pena recordarla, pues la familia se esforzó como nunca en mostrar su lado mentalmente desequilibrado. Sin embargo, al final de la noche una mirada reveló todo lo que sucedería en los próximos, ya once días.
Ocho playas, siete hoteles, y un sin número de restaurantes fueron testigos de una de las aventuras más divertidas vividas por estos dos seres. Y sus ojos, aquellos que durante meses recordó, esos que miraban más allá de lo que ella podía ver… esos que observaron y que con la dicha de pertenecer a este siglo frisaron imágenes que la empujaron a apostar…
… poco a poco, luego de su partida, el azul verdoso “orilla de mar caribe” se fue apagando, porque no solo con la distancia se atan los seres que nos son importantes, se necesita más que repentinas apariciones con sus respectivos halagos para mantener corazones y la fidelidad de una amistad… porque no bastó tener los ojos más lindos que le regalaron miradas, si hoy se ha convertido en sólo un recuerdo.
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